EL CULTO AL CUERPO, LA DICTADURA DE NUESTROS DÍAS

Terminó el verano, y como en una especie de bucle sin fin que no conoce ni crisis ni depresiones, ahora toca perder los kilitos que supuestamente hemos cogido durante el verano. Y pasarán las navidades y habrá que bajar los polvorones, quemarnos en el gimnasio, retocarnos por aquí y por allí para llegar como nuevos al verano y no ser el objetivo de uno de esos reportajes de hiperrealidad con los que nos martirizan las televisiones y que bien podría titularse “Vamos a entrevistar al gordo que toma el sol en la playa”. Y lo harán con una especie de compasión fingida. “Pobrecito/a, cómo podrá tomar el sol entre tantos cuerpos diez que le rodean”. Pasará otro verano, y vuelta a empezar.
Vivimos en una sociedad en la que constantemente negamos y renunciamos a lo que somos y ansiamos convertirnos en lo que nunca podremos ser. El culto al cuerpo, a la belleza se ha convertido en una obsesión y en la razón de ser para muchos. Interminables horas en el gimnasio de turno destrozándonos huesos y músculos, dietas estúpidas y malsanas seguidas por cantantes, actores y modelos, mal llamados iconos mediáticos, que empujan a millones de hombres y mujeres a seguirlas en un vano intento de conseguir cuerpos esculturales.
La arruga es el enemigo a batir y los kilos de más un desagradable compañero de viaje que nos convertirá en seguros perdedores. La salud no importa, queremos los abdominales de Cristiano Ronaldo, el trasero de Jennifer Lopez o los músculos de Brad Pitt. Queremos tener la elegancia de George Cloney y el cutis de Penélope Cruz. No nos aceptamos tal y como somos. Mas aún, se nos anima día tras día a no aceptarlo. No tienes por qué conformarte. Puedes ser como ellos, es más, debes ser como ellos.
Puede que sea el peaje que tengamos que pagar por vivir en una sociedad a la que nos gusta definir como moderna y avanzada. Sí, vivimos en esa sociedad que nos permite cubrir con creces la mayoría de nuestras necesidades esenciales. La famosa Pirámide de Maslow ha sido superada con creces. Sí, vivimos en esa sociedad de la abundancia preocupándonos de nuestro aspecto cuando a pocos kilómetros la única preocupación de millones de personas es qué llevarse a la boca cada día. En realidad vivimos en una sociedad apática y aburrida de sí misma que ha perdido sus referentes éticos y morales, cayendo estos en manos de unos medios de comunicación erigidos como infalibles creadores de opinión y de una clase intelectual que en la mayoría de los casos ya no es digna de ese nombre.
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